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16 noviembre, 2011

Conozcamos sobre...

Cultura- El Otro cultural

El pensar la Cultura, como parte de la identidad, como parte de lo que somos, fue el tema que mas captó la atención de los chicos; la mirada hacia el "otro" como igual y a la vez diverso.
Para flexibilizar los conocimientos previos sobre cultura, y dar lugar al debate, se les propusieron las siguientes preguntas disparadoras:
  •          “Una persona que ha ido a la escuela, tiene más cultura que quien no ha asistido nunca a la escuela?
  • ·         “Tomar mate ¿Es un rasgo cultural?”
  • ·         “¿Qué ropa, instrumentos o costumbres conocen, característicos de una cultura?”
  • ·         “Si fuéramos de viaje a Sudáfrica, y viéramos a nativos de la zona comer gusanos e insectos. ¿Qué haríamos? ¿Está bien lo que hacen o está mal? ¿Desde donde hay que pensar ésto?

          Un toque de humor, mezclado con reflexión y realidad... Un toque de Quino:

Reflexiones sobre el "otro" para tener en cuenta:

-Los nadies-  
"A ellos, con ellos y para ellos"

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los na-
dies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto
la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la
buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en
lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los na-
dies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se le-
vanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de
escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la
Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica
Roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


 Eduardo Galeano (1940)
Macarenna

24 octubre, 2011

El momento de la despedida

Faltan algunas clases para terminar...pero sigo sin poder pensar en cómo será el momento de la despedida.
Cuando querés ver, te encontrás planificando las clases mientras caminás a la parada del colectivo, en la cena, en la ducha, mirando una película, en las charlas con amigos…siempre alguien dice algo que puede servir de disparador, siempre hay una parte de alguna película que podría ayudarles a los chicos a entender tal o cual concepto.
La realidad del aula, su cotidianeidad se ha infiltrado tan fuertemente en nuestras vidas, que no hay conversación donde no salga alguna anécdota del curso, alguna sinvergüenzada, una picardía, o la sorpresa de la participación, el interés, la opinión.
Personalmente no recuerdo cosa alguna que haya hecho antes, que me diera tantas satisfacciones (de manera constante y sostenida) como la expectativa de los chicos y chicas del segundo año, antes de empezar la clase.
Siempre miran si llevo la compu o el cañón, los afiches (porque significa que la actividad va a “estar buena”, según me dijo Jesica la clase pasada), si voy con pedacitos de cartulina, una caja…o cualquier cosa que lleve en las manos. Todo les sorprende y esperan tranquilos en sus asientos. Y este no es un dato menor…
Realmente me asusté la primera vez que fui a observar: saltaban de banco en banco, jugaban a la pelota con una silla (si, con una silla ¡literalmente!), gritaban, se ponían los auriculares o charlaban entre ellos. La única manera de tenerlos en silencio era con pruebas sorpresa o fuertes llamadas de atención.
Lo confieso: pensé que era una tarea imposible, ¡que me iban a salir canas verdes!, que la tarea de enseñarles me iba a superar ampliamente…hasta que llegó el día en que me paré en frente. Ese día supe que toda la desazón y el cansancio que significa llegar al final de la carrera, los sinsabores de los exámenes, la repetitiva rutina de hace años de ir a cursar en los mismos horarios, leer pilas y pilas de documentos, sentir siempre que se están gastando “los últimos cartuchos” de las ganas…desaparecieron. Me sentí feliz, orgullosa de estar ahí, con ellos, y no otros chixs. Cuando respondieron lógicamente una pregunta, cuando colaboraron con la lluvia de ideas, cuando se rieron en los juegos, cuando reflexionaron sobre la violencia y la discriminación como si fueran personas grandes y experimentadas…me sentí verdaderamente orgullosa de ellos.
Creo que éstas sensaciones son lo más cercano a mi percepción de ésta experiencia. Puede ser cursi, trillada, un cliché…pero es mía. Y en lo más profundo de mi ser tengo la idea (quizás ingenua, quizás no) de haber tocado sus vidas también. De haber logrado para ellos un cambio.

Se acerca el final de una etapa, y eso es positivo, porque significa también el comienzo de otra…pero ¿Quién dijo que era fácil?

Cuenta Galeano en su "Ventana sobre la Memoria":

“A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos.
Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia.
Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla”.



Ellos me enseñaron el placer de compartir un espacio de conocimientos, experiencias y subjetividades; dejaron en mí el hermoso tesoro de ser lo que siempre soñé ser.
Espero de corazón que la “vasija” que intenté dejarles a los chicos y chicas de segundo año, les pueda servir para hacer la más hermosa obra del mundo, es decir, una obra propia, tan suya que sea inigualable.

Macarenna

23 septiembre, 2011

Lecturas con moraleja

Siempre con el temor de los tiempos, y la impredictibilidad del acontecer en el aula, pensé en un "Plan B" (sólo para usar en ocasiones urgentes). Éste consistía en leer y reflexionar un cuento que conocí hace muchos años atrás, de la mano de uno de los docentes que me inició en el gusto por la literatura y la enseñanza.El cuento se llama "Morir en la pavada", y fué escrito por Mamerto Menapace, sacerdote y escritor argentino, oriundo del Chaco santafecino, quien ha dedicado muchos cuentos y poemas a la juventud, dejando siempre una moraleja o una reflexión.Me alegró, de repente, recordar que éste cuento breve significó una herramienta en mi adolescencia, y hoy se vuelve a hacer presente una vez mas como una herramienta, pero ésta vez desde otro punto. Otra vez, mi querido profe de literatura, desde una distancia de tiempo, me vuelve a dar una mano...(y quién sabe...quizás en su momento haya sido también su ¡Plan B!)Espero que lo disfruten, y puedan utilizarlo:

 Morir en la Pavada

Cuando una vez un catamarqueño, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.
No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a la patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos eran del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo izo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.
Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillitas y desperdicios. Escarbaba la tierra, y a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras del tuitá. Vivía en el gallinero, y le tenía miedo a los cuzcos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que la patrona tiraba en el patio de tras, después de las comidas. 
De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones, que a pesar de ser grandes, no vuelan.
Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las altura, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿y él, porqué no volaba así? El corazón le latió, apresurado y ansioso.Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rió de él cuando sintió su confidencia. Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.
Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacía sentir extraño.Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a vieja, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.
¡Y pensar que había nacido para las cumbres!


Mamerto Menapace
“Cuentos Rodados”, Editora Patria Grande, Buenos Aires

 -Macarenna-